DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 45, 1. 4-6; Sal 95, 1-10;1Tes 1, 1-5b; Mt 22, 15-21)
Señor, alumbra mi corazón para que entienda los caminos del evangelio y haz que tus palabras no se queden solo entre mis pensamientos, sino que alcancen a ser el impulso confiado de mis pasos”.
Demasiadas veces nos quedamos dando vueltas a ideas sobre la vida sin percibir que la vida no es para pensarla, sino para vivirla (aunque necesite ser pensada). También nos pasa esto con el evangelio. Por eso, de cuando en cuando, hoy lo hago yo, debemos pararnos y decirnos a nosotros mismos que no basta con meditar el evangelio, sino que debe ser llevado a la vida, que el evangelio busca hacerse confianza en medio de las oscuridades, fuerza para nuestra debilidad, compasión en nuestras relaciones, tabla de discernimiento en nuestras decisiones, esperanza en nuestros fracasos, libertad frente al conformismo. Sin esto no será realmente evangelio para nosotros. Por eso, hoy he querido dejar constancia de una oración que predispone mi corazón y el tuyo, si quieres, a acoger el evangelio como Vida para la vida.
Y ahora, abramos la mente a las palabras que
hoy nos dirige el Señor. No hay ningún político que nos pueda pedir todo lo que
somos (nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras acciones), pero
tampoco ningún marido, ni mujer, ni hijo, ni padre, ni amigo, ni jefe, ni cura,
ni obispo, ni nadie. Porque solo Dios es la Vida de la vida, su origen generoso
y el único juez que nos juzga desde la verdad y el amor puros; la compañía que
siempre abre el futuro y el perdón que desanuda la vida de sus trampas. Solo en
él podemos ser nosotros mismos y alcanzar nuestra identidad más profunda, por
eso solo a él debemos entregar la vida entera. Pero quizá sí tengan derecho
todos los demás, cualquiera que nos encuentre o con el que convivamos, a pedir
que compartamos algo de nuestra vida con él, a pedirnos que no vivamos
ensimismados, que colaboremos en el proyecto de una sociedad que es de todos y
que solo se hace humana del todo con la entrega confiada y generosa de cada uno. Y a esto no podemos negarnos. Y esto
es lo que hoy percibo en las palabras de Jesús “dad al Cesar lo que es del
Cesar y a Dios lo que es de Dios”.
PINTURA: “Dar a Dios lo que es de Dios” significa demasiadas
veces darle algunos gestos religiosos y seguir a lo nuestro, porque sin darnos
cuenta hemos encerrado a Dios en las iglesias. Pero, el profeta Natán dijo a
David: “El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué clase
de casa me construiréis?” (2 Sam 7,1-2). Nuestra misión es ayudar a Dios a
hacer del mundo su propio templo, la casa donde todos puedan recibir su vida.
Pero esto solo lo puede hacer si dejamos que modele nuestro corazón. Esta
pintura que elijo hoy titulada Mi corazón entre tus manos nos invita a
hacer un acto de entrega para que Dios haga su obra en nosotros.

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