DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 5, 1-7; Sal 79, 9.12.13-16.19-20; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43)

Quizá lo primero que es necesario entender de esta parábola de hoy es que no habla de los arrendatarios y jornaleros del pueblo de Israel, sino de todo el pueblo, especialmente de los que tienen una posición de poder y bienestar. Al escucharla podríamos preguntarnos, ¿por qué tanta saña con los enviados por el dueño de la viña?
Si bien es verdad que necesitamos cierta dosis de poder y bienestar para vivir con serenidad, sobrepasado este nivel el poder no da seguridad, sino que crea miedo en el corazón del ser humano y el deseo de más poder para conservarlo. Lo mismo sucede con el bienestar que, cuando sobrepasa lo razonable, crea en el alma una necesidad angustiosa de incrementarlo de continuo. Es así como estas dos necesidades básicas, cuando se dejan campar a sus anchas, producen en el ser humano un ensimismamiento y una intranquilidad que no le deja disfrutar de la vida. Además, le ocultan que toda vida se apoya en lo recibido y que, por eso, solo se acrecienta no acumulando, sino haciendo fructificar lo recibido para todos, que solo la confianza y la generosidad son fuente de alegría serena en la vida.
Esto es lo que recuerdan los enviados ‘de Dios’ a la viña. Pero ¿qué rostro tienen hoy? Son aquellos cuya presencia nos pide compartir algo de nuestra vida porque ellos lo necesitan; aquellos que requieren el tiempo que nosotros encontramos en otros y nos hizo crecer; aquellos que necesitan un espacio que a nosotros nos vino dado y nos pareció normal; aquellos que no tienen con qué pagarnos, pero precisan una ayuda que podríamos darles; aquellos que, como afirma Jesús de sí mismo (el hijo de la parábola), tienen hambre y sed, están desnudos o enfermos, están en la cárcel o son emigrantes con los derechos reducidos.
Todos ellos nos resultan molestos, criados como estamos en una sociedad en la que cada uno solo piensa en sí. Pero ¿cómo podríamos llamarnos humanos si no compartiéramos el fruto de lo que, recibido, hemos acrecentado?, ¿cómo podríamos llamarnos hijos de Dios y hermanos entre nosotros? ¿Cómo podríamos dejar atrás la intranquilidad y el miedo con que vivimos?, ¿cómo alcanzaríamos la verdadera alegría?
 


PINTURA: Hay dos tradiciones iconográficas medievales en las que Cristo es representado como una vid. En una se le dibuja entrelazado con sus ramas y racimos formando parte de ella. En otra, como en este dibujo actual, aparece crucificado llenando un cáliz con la sangre de su costado que alimenta a la Iglesia. Las dos quieren significar que Cristo es la vid de Dios que da fruto para todos: “Tomad y bebed, este vino es mi sangre, sangre dada con dolor para que la alegría de Dios llegue a todos”. Los cristianos, que formamos el cuerpo de Cristo, necesitamos comprender que él quiere seguir dándose en nosotros para alegría del mundo, aunque esto suponga una cierta cruz en nuestras vidas. 

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