DOMINGO XXVIII (Is 5, 1-7; Sal 22, 1-6; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14)

Jesús se da cuenta de que su ofrecimiento de un sitio en el Reino de Dios no es tenido en cuenta por amplios sectores del pueblo de Israel, en especial, por los más ricos y poderosos. Esto es lo que refleja la parábola del evangelio de hoy.
Podríamos preguntarnos cuál es la razón de que tantas veces no percibamos que, en Jesús, Dios mismo abre la puerta de su vida plena, de su vida eterna, de su vida llena de vida. No lo dice claramente la parábola, aunque lo sugiere. Parecería que los bienes concretos que recibimos de Dios tienen más poder de atracción sobre nosotros que el ofrecimiento de su propia vida. Nos pasa como a esos niños que no caen en la cuenta de que detrás de todo lo que tienen y les hace felices, está la preocupación y el esfuerzo y el amor de sus padres para que lo tengan, y que lo preferible sería, entonces, tener siempre cerca la fuente de toda riqueza y no en la riqueza misma, tener siempre cerca la verdadera riqueza son sus padres. Quizá sea esta la razón por la que los recogidos por los caminos, los que no poseen riquezas ni poder, acepten la invitación, porque no tienen nada a lo que atarse que ciegue su comprensión.
Una canción del hermano Berthier de Taizé expresa esto perfectamente: “Oh pobreza, fuente de riqueza,/ Señor. siémbranos alma de pobre”. Solo los que no tienen un corazón apegado a las cosas del mundo, pueden descubrir la fuente de toda riqueza. Pero ¿cómo comprender esto cuando vivimos entre apegos, muchos de ellos necesarios? Berhier explica en el canto que necesitamos un alma pobre, un corazón humilde, que solo puede darnos Dios, por eso lo pide en el segundo verso. Un corazón que haga que nuestra vida pueda llenarse de la riqueza plena que es Dios. No se trataría de renunciar a las cosas y a las personas, sino saber situarlo todo bajo la gratitud y la gratuidad, sin obsesionarse (aunque sea con buenas razones) por querer sostener una vida que se nos ha dado para vivirla en Dios y no para poseerla y controlarla ensimismándonos en ella.
 

Canto: Berthier: Oh pobreza. 
 
 
PINTURA: Quizá el banquete al que nos invita Jesús es una forma de vivir la vida acogiendo todo como un don de Dios. Así la vida se vuelve una fiesta ¿no? Ese es el banquete que vivía de continuo san Francisco en su pobreza. En este banquete somos invitados a participar con todos, en fraternidad. Y esto solo es posible cuando nos alimentamos de la vida de Jesús y aprendemos de él a coger los bienes del mundo con gratitud y compartirlos con generosidad, cuando mirando con los ojos de Jesús vemos en los otros hermanos para la alegría y el amor. Entonces, en cualquier momento podríamos pararnos, como en el dibujo de Frei Pedro Silva, a disfrutar la vida en su pequeñez, cualquier cosa y cualquier encuentro sería reflejo del mundo mismo que Dios ha preparado para nosotros.

Comentarios

Entradas populares de este blog

II DOMINGO DE ADVIENTO. Ciclo A. (Is 11, 1-10; Sal 72; Rom 15, 4-9; Mt 3, 1-12)

TRAS LA MUERTE DE JAVIER. Compañero de presbiterio.

DOMINGO XXXIII. DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Mal 3,19-20a; Sal 97,5-9; 2Tes 3,7-12; Lc 21,5-19)