SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (Apoc 7,2-4.9-14; Sal 23,1-6;1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12a)
Vivimos cegados por el mal. Como si existiera una atracción en nuestros ojos y en nuestro pensamiento y en nuestro corazón hacia la vulgaridad y la desvergüenza, hacia la mentira, el desprecio, la humillación y toda clase de violencia. La mayor parte del tiempo no se trata de querer vivirlas, pero es como si nos gustara olerlas, mirarlas, comentarlas como si fuera lo central de la vida, especialmente de la de los demás. Ahora bien, esta atracción no nos deja ver la sustancia verdadera de la vida, que no es otra que la belleza del bien, que se expresa por todas partes, aunque sin ruidos
Las sonrisas que nos dirigimos, los gestos de aliento y las palabras de consuelo, el trabajo duro para sacar adelante a los nuestros, el cuidado de los que preparan las cosas o los espacios que utilizaremos durante el día, la oración de unos por otros, los donativos que sostienen a tantas ONGs o el voluntariado discreto en ellas, el hacer bien lo que hay que hacer y el trato cuidadoso con las cosas, el recuerdo de lo que le importa a los viven con nosotros, la escucha paciente de quien lo necesita o alegre ante el que quiere compartir su alegría, la esperanza que nos mueve incluso después de nuestros fracasos y sufrimientos, la compañía y el cuidado a nuestros enfermos, la educación con que tratamos a los demás, la pena por una desgracia ajena… Todo esto y mucho más queda escondido a esta mirada torpe y deformada que han olvidado que la santidad de Dios sigue recorriendo nuestras calles en nuestro interior queriendo ser todo en todos.
El mundo no
ha muerto ya porque está sostenido por esta vida que tiene como sustancia
última la santidad de Dios, el amor con que la creó, un amor que se expresa con
sencillez en la vida cotidiana, un amor que nunca deja de encontrar rendijas
para salir de nosotros o visitarnos. Y hoy, cuando escuchamos las
bienaventuranzas, se nos invita a contemplar cómo a los pobres, a los que
lloran, a los que pasan hambre sigue visitándoles Dios en la carne de aquellos
que dejan brotar esta sustancia de vida en ellos; a contemplar como la
misericordia y la mansedumbre y la limpieza de corazón aún recorren nuestras
calles porque Dios no se cansa de modelarnos desde dentro; a contemplar y
convencernos de que el amor es la forma última de la vida, y que solo el amor nos
sostendrá finalmente a poco que le dejemos anidar con confianza en nuestras
vidas, porque precisamente en ellas quiso poner su morada desde siempre.
En este dibujo de Kate Crane, tan simple, veo expresada la simplicidad misma de la santidad. Esa expansión de vida que quiere compartirse como vida desde su mismo centro, que quiere compartirse con una generosidad incomprensible, que solo tiene como motivo la alegría de su mismo darse, eso que llamamos amor. Una vida que va ensanchándose desde su núcleo incandescente en formas y colores distintos y siempre vivos. Las palabras que la autora ha escrito en una de estas vueltas de vida dada son: “Cada día es un nuevo día. Un día único. Este día”. Y me parece un buen lema para la santidad que yo traduzco así: Cada momento es un buen momento para dar la vida, no hay otro.
En este dibujo de Kate Crane, tan simple, veo expresada la simplicidad misma de la santidad. Esa expansión de vida que quiere compartirse como vida desde su mismo centro, que quiere compartirse con una generosidad incomprensible, que solo tiene como motivo la alegría de su mismo darse, eso que llamamos amor. Una vida que va ensanchándose desde su núcleo incandescente en formas y colores distintos y siempre vivos. Las palabras que la autora ha escrito en una de estas vueltas de vida dada son: “Cada día es un nuevo día. Un día único. Este día”. Y me parece un buen lema para la santidad que yo traduzco así: Cada momento es un buen momento para dar la vida, no hay otro.

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