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PREJUICIOS

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A veces no imaginamos hasta qué punto las leyes de nuestra sociedad que parecen iguales para todos, se aplican con prejuicios e intereses ocultos. La educadora Jane Elliot lo ponía de manifiesto a través de una simple propuesta en una conferencia: “Quiero que se ponga de pie -decía- cada persona blanca de este salón que estaría feliz de ser tratada de la manera en que esta sociedad en general trata a los ciudadanos negros”. Esto mismo hace Nana Kwame en los relatos de su libro  Friday Black . A través de historias, a veces esperpénticas, como  Los cinco de Finkelstein , desestabiliza el fluir ingenuo y cómplice de nuestra vida. En esta una fiscal argumenta, casi con desesperación, para que se haga justicia a cinco niños negros asesinados por un blanco: “Soy una de esas personas lo suficientemente tontas como para pensar que existe una diferencia entre el bien y el mal. De alguna manera. Todavía. Por favor, demuéstrenme que no soy una necia. Demuestren a los padres de esos niño...

MÚSICA PARA CUARESMA

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Hace poco he descubierto estas piezas de Pêteris Vasks que me parecen muy cercanas al tiempo de cuaresma.  Vasta dejarlas de fondo en el silencio de nuestra oración.  Creo que ayudan a escuchar el camino de la humanidad, sus anhelos, sus silencios, su dolor, su espera de la tierra prometida...      ...  y presentarse ante Dios con un corazón común. El primero se titula  Luz distante  (¡Qué adecuado!) (29 minutos) https://www.youtube.com/watch?v=DiJVIqVYb1w El segundo Presencia, (como la columna de nube que acompañaba al pueblo en el desierto) (36 minutos) https://www.youtube.com/watch?v=fSA7pw11WqQ Y otro más corto (5'30 minutos) con un texto de la Madre Teresa de Calcuta: "El fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio; el fruto del servicio es la paz".  https://www.youtube.com/watch?v=vPsKbB7qeJk

DOMINGO I DE CUARESMA. CICLO A (Gen 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50, 3-4.5-6ab.12-13.14y17; Rom 5, 12-19; Mt 4, 1-11)

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La tentación es el lugar donde nuestra vida termina por hacerse cristiana. Si bien es en el encuentro con Cristo donde comienza, es solo en la tentación donde se consuma. Por eso, la vida de los cristianos no es una comedia de acción basada en el amor, sino un drama, siempre un drama, en el que el argumento es un combate en el que o se vence o se es vencido. Sin término medio. Decía Orígenes, uno de los grandes teólogos de los primeros siglos de la Iglesia, que “la tentación hacía del creyente un mártir o un idólatra”. Y así es. Es frente a ella donde podemos hacer que la presencia de Cristo verdaderamente tome verdadera carne y sangre en nuestra vida. Frente a ella hemos de decidir si nos decidimos por ser uno con Cristo o si lo convertimos en algo así como una estampa protectora de nuestros intereses. Parecería, entonces, que tenemos la partida perdida, pues ¡son tantas las veces que caemos, a veces incluso sin apenas darnos cuenta! Son tantas que la vida de Jesús parece que no tie...

UN ALMA DE DIOS

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“Madame Aubain se impacientó. ¡Cuatro días sin noticias! Para que se consolara con su ejemplo, Felicidad le dijo: - Pues yo, señora, hace seis meses que no tengo carta… - ¿De quién? La criada le contestó despacio: - Pues… de mi sobrino. - ¡Ah, tu sobrino! –y madame Aubain se encogió de hombros, reanudó su paseo, lo que quería decir: «¡Ni me acordaba de él!... Además, a mí que me importa. Un grumete, un zarramplín,, ¡vaya una cosa!... Mientras mi hija… ¡Qué ocurrencia!...». Felicidad, aunque de crianza rústica, se indignó con la señora, luego olvidó. Esta conversación, tomada de Un alma de Dios de Gustave Flaubert, muestra hasta qué punto el sentimiento de superioridad nos hace insensibles a los sufrimientos de los demás, que no pocas veces son mucho mayores que los nuestros. Y apunta, como todo en esta pequeña obra, al testimonio evangélico de los pequeños que, a pesar de todo, olvidan, es decir, perdonan mostrando a Dios mismo. Texto tomado de Gustave Flaubert,  Un alma de Dios ,...

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (Lev 19, 1-2.17-18; Sal 102, 1-2.3-4.8-10.12-13; 1Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48)

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Hay una forma de ser que nos hace amables para los que nos rodean, que nos da un puesto aceptable entre ellos; es una forma de ser que marca un camino común en el que todos, sin apenas ponernos de acuerdo, nos encontramos. Esta forma de ser define la moral común y suele ser muy concreta: Esto es aceptable – esto no / esto se puede decir – esto no / esto se debe hacer – esto no hace falta. Ahora bien, esta forma de pensar y actuar común no siempre apunta al bien, demasiadas veces está atada a la forma de pensar y de vivir de un grupo y también a sus intereses (a veces ocultos). Para los cristianos, las cosas no son así. O al menos no deberían ser así. Para nosotros la rectitud de la vida la da su capacidad de reflejar la vida misma de Dios. Por eso, lo que se nos pide, aquello que el Espíritu nos susurra desde dentro y la misma vida de Jesús desde fuera, parece siempre excesivo, como vemos hoy en el evangelio.   La pregunta con la que debemos confrontar nuestra lógica, nuestra sen...